Por Miguel Claro

Festival. La palabra evoca fiesta, carnaval y hasta descontrol. En medio de esta crisis sanitaria y económica, no es tiempo para invocar la palabra festival. Por esto molesta la sola posibilidad de generar un festival para celebrar la ocupación chilena de Antofagasta, el 14 de febrero, cuando claramente el sentido común indica que hay otras urgencias para los dineros públicos.

Ciertos liderazgos tuertos se colgaron a la palabra festival, para disparar desde redes sociales contra el gremio de los trabajadores culturales.

La aclaración llegó pronto. Se trata de un festival online para apoyar a artistas locales afectados por la pandemia. Ningún show como los imaginados dentro de cerebros termocéfalos.

Los trabajadores del arte y la cultura, especialmente del teatro y la música, han sido los más afectados en el casi año de restricciones por efecto de la pandemia. Basta comprobar el cierre de los teatros.

Enhorabuena hay una preocupación por este sector de trabajadores. La municipalidad, por ejemplo, destinó recursos a través de un fondo, que se repartió a finales del año pasado. Luego ha sido el proyecto Viralizarte, que administra la Corporación Cultural, el que ha destinado dineros a los creadores. A esto, se suman los proyectos Cores 2020, que también inyectaron recursos para los trabajadores de la cultura y las artes. Los proyectos del Fondo de Cultura del gobierno saldrán en marzo. Otro bálsamo para los artistas. A todo lo anterior se suman estos fondos enmarcados en este mal llamado «festival».

El problema radica en el manoseo con evidente interés político de ciertos candidatos o simples francotiradores de redes sociales, que malamente exponen a los trabajadores culturales a un inmerecido escarnio público. De manera que estos trabajadores parezcan personas que exclusivamente dependen de fondos de cualquier tipo para suplir sus necesidades vitales, una suerte de parásitos del estado. No. Hay artistas o trabajadores culturales, o como se les llamen, que por la urgencia, sobreviven vendiendo verduras, trabajando de guardias, repartiendo comida, etc.

Por esto no es prudente exponer a personas, como los trabajadores culturales, que han consagrado su vida al arte y la cultura en un debate tuerto. Respetemonos como comunidad.  Evitemos palabras tan absurdas como «festival», en medio de una crisis funesta como la actual. Debemos unirnos para luchar contra el centralismo, y no entre nosotros.