Por Miguel Caro

Enhorabuena la gran cantidad de trabajadores culturales que existen en la ciudad. Por lo menos así lo demuestran los beneficiados a diversos fondos públicos en estos anestesiados días de pandemia. El costo de ser un trabajador cultural es estar fuera del sistema. Sin previsión. Sin acceso rápido a salud, entre otros aspectos. Siempre es positivo que se proteja al generador de cultura, de arte,  bajo el concepto de un trabajador cultural.

La gestión cultural es otro asunto.  No se puede meter en el mismo saco al trabajador cultural con el gestor cultural, aunque en algunos casos se juegue en ambos roles. El gestor cultural contrata. Prácticamente gerencia uno o más proyectos. Muchas veces la gestión colinda con la ingeniera comercial; en este caso, “ingeniera cultural”.

El cacareo en un sector sensible como el cultural, cada cierto tiempo revela los vicios. Vicios como no pagar a tiempo, o pagar menos de lo acordado. Vicios como quedarse con la mitad de los recursos públicos o privados, y el resto a repartir.

La figura del gestor cultural no está ajena al lobby. Sin caer en la caricaturización del personaje, siempre aparece en las actividades de las grandes empresas. Infaltable en los cocteles de asuntos públicos de las mineras. El gestor no le puede interesar que tal empresa absorba el agua a comunidades indígenas o que contamine una playa. Al gestor no le importa ocupar espacios de grandes y cuestionadas empresas para desarrollar sus actividades. Como manda el dicho, le importa estar bien con dios y con el diablo. El gestor hará oídos sordos mientras a la empresa contaminante si le inyecto recursos a su proyecto. Y sabido es que las empresas siempre  tienen un ítem de lavado de imagen a través de la cultura.

La ética del gestor siempre juega al borde.

Antofagasta cambió desde el año 90 en adelante por la presencia de Escondida. No fue la misma ciudad. La cultura también cambió. De un modelo cultural principalmente avalado por las universidades se pasó a uno auspiciado por la minería. Por primera vez se habló de gestión cultural. Llegaron gestores de otras latitudes con amigables proyectos. Antofagastinos aprendieron el oficio. En los mejores años de la minería hubo festivales, encuentros y ferias de todo tipo.

Pero no sólo minería. El estado, con el paso de los años, ha complejizado los métodos para acceder a fondos. Las exigencias son rollizas. Demasiado tiempo se invierte. El camino largo es pagar y capacitarse para acceder a un fondo.  Hay cursos exprés en el tema. Diplomas. El camino corto es pagar a un experto en tramitar un fondo. No es fácil encontrar un buen experto en hacer fondos. No. Un experto debe lucir las medallas de cuántos fondos logró.

El zoom ha sido el gran salvador de la gestión cultural en tiempos de pandemia.  El bendito zoom ahorra pasajes, hoteles, cenas y todo lo que conllevaba hacer una actividad. Recursos que sólo la ética del gestor, dirá que se ocuparon para pagar el zoom.