Por Guillermo Avila Nieves.                     

Antes de reunirme con Roberto Carlos Durán Samaniego, conocido como El Cholo para los panameños y Mano de Piedra en el mundo, algunos colegas de periodismo deportivo me habían dado consejos y anécdotas. Me advirtieron que podría sufrir su relajo, que se “cabrea rápido y te manda para la porra”, que suele “responder como un robot programado”, a pesar de las preguntas. “Bipolaridad”, fue la palabra que saltó al tinglado mental.

 Así, con un par de telefonazos previos, me lancé en una persecución que primero lo encontró en su ahora guarida gastronómica llamada “La Tasca de Durán” –propiedad de su hijo y manager, Robin Durán– y luego en el set fotográfico para una producción periodística.

Groggy en La Tasca

Enero. Viernes, 4:00 de la tarde. Me apersono kamikaze en su Restaurante La Tasca. Ahí, entre LCD, pantallas gigantes a la altura de la leyenda panameña, fotografías y cinturones dorados, diviso a un mesero con acento paisa que dice: “Parce. Allí está el campeón todo bacano”.

A un costado del bar, un sujeto de mediana estatura, vestido de short y suéter, exhala altas dosis de alcohol. Se le ve extrañamente flaco, tambaleante; la antítesis del trompo bestial que machacaba cráneos. Se voltea. Hace un guiño. Me abraza y trata de hermano, como a todos los que ingresan al lugar.     

Le digo que soy periodista y que me gustaría entrevistarlo. Ahora hace muecas de desaprobación, parecidas a las que lanzara en la previa de uno de los hitos clave en la historia del boxeo: a Sugar Ray Leonard, en Montreal, y que le haría obtener el título mundial de peso Welter del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), en 1980.

Hablamos de un púgil en su momento con la estampa de un guerrero maorí dispuesto a servirse al rival: ganó 104 peleas y obtuvo cinco títulos mundiales en cuatro diferentes categorías. Se hizo profesional casi de niño, a los 16 años. Sin embargo, tuvo que esperar a cumplir los 21 años para dar el salto por el título mundial de los livianos. Ahora anda con la pólvora mojada. Golpeado.

 —Hoy no, estoy arrancado desde anoche…

—¿Cuándo lo entrevisto? —replico.

—Habla con Robin, él maneja mis asuntos. Hoy estoy en fuego, y contento…

—Comprendo.

—Escucha esto fulo (rubio), ¡es Ulpiano, coño! “Ay los sentimientos del alma”, ¡eso es música! —se gira lento dando pasitos como si practicara sombra, para luego repartir besos en las mesas aledañas.

            A continuación, vuelvo a la carga. Intento comunicarle que la producción para esta crónica planea vestirlo de mujer. Se requiere de unas fotografías osadas… Error. No pasa ni un segundo y me mira con furia como si yo fuera el escocés Ken Buchanan, al que mandó a la lona en el 13 asalto, proclamándose campeón mundial de los ligeros de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), en 1972. Su primer título mundial.

 —Fulo, de nuevo, váyala vida. ¿Acaso crees que soy pato (homosexual)? —Logro imaginar aquel recto devastador por encima del hombro que aplicó a Davey Moore por la corona Superwelter de la AMB.

—Jamás, campeón —le digo.

Haciendo un simulacro a lo “baile del perrito”, me da a entender que es todo un varón. Observándolo, tiene la costumbre de hacer gestos típicos de macho alfa. El mito dice que la hembra más hot del cine de fines de los setenta, Bo Derek –la mujer 10– quería algo más que una foto junto a Manos de Piedra. Él lo desmiente: “Mi fula estaba más buenona en esa época”, refiriéndose a su esposa de toda la vida, Felicidad Iglesias, con la cual comparte siete hijos, de un total de nueve (dos fuera del matrimonio). “Ella me perdona todo porque soy su mina de oro (risas)”, agrega.

            De joven, Durán era un ‘cholo’ guapo, el segundo de nueve hermanos. Hijo de padre mexicano y madre panameña, su cabello lacio, nariz respingada y atlética anatomía hacían juego con una actitud ganadora aprendida en las calles rudas de su natal El Chorrillo. Allí, en las inmediaciones de su Casa de Piedra (como se la conoce) y la zona canalera, forjó a punta de golpes esas temibles manos que hasta Silvester Stallone proyectara en la película Rocky 2. Lo mismo pasaba con Fidel Castro, Nelson Mandela, Diego Maradona, Mike Tyson, y otros famosos, todos grandes admiradores reconocidos de Durán. “Ellos me buscaban para que yo fuese su amigo”, me diría más adelante.

Sin guantes

            Febrero. Miércoles, 2:00 de la tarde. Estudio fotográfico en El Cangrejo. Hoy se presenta a la moda: ajustado y con pose de modelo. Se le ve delgado. También sobrio. Confiesa que no se ha hecho ninguna liposucción a lo Bosco o Chello Gálvez (políticos obesos), solo un pequeño corte en el estómago. “Me gusta estar priti. Cuando me aburro, regalo la ropa”. El dramaturgo inglés Oscar Wilde decía que un patrón en los artistas genios –Durán lo era– es pasar del cielo al infierno, sin escala alguna.

            La angustia lo demuele cuando de dinero se trata. De una supuesta cuenta bancaria de 30 millones de dólares en sus días de gloria, hoy solo vive de presentaciones, algunos negocios, una pensión del gobierno y ahora La Tasca. Le embargaron terrenos, propiedades, casas. También sufrió demandas. Y manejó malos negocios. “Y esa cifra que mencionas era más. No quiero hablar ni del lujoso carro Excalibur, ni las mascotas, ni de aquellos que me hicieron trampa con mi plata”. Las venas sobresalen en sus manos producto de la ira, como cuando castigó a Iran Barkley por su última corona, la mundial mediana del CMB, en 1989.

            Ahora reclama que le tomen las fotografías rápido, como en Estados Unidos e Inglaterra, países que él destaca por su organización y puntualidad. “Ellos me adoran, si hasta han querido que viva allá. Pero yo tengo un solo pasaporte y un amor: Panamá”.

Está agitado sobre una silla como un huracán antes de subirse al ring. Se inclina y apoya sus todavía brazos tonificados sobre las temblorosas piernas. Hay fragilidad en su rostro. Como un objeto de culto, la edad comienza a acecharlo. El 16 de julio cumple 61 años. Se levanta.

 —Ves ese edificio allá afuera. Era mío, como otras propiedades.

—¿Y qué pasó?

—Lo perdí. Me estafaron. Eso es dolor…

—Una lástima, campeón.

—Bueno fulo, ¡qué más quieren saber!

De vuelta, en La Tasca

Han pasado los días. Atrás quedan los encuentros en este local y el set fotográfico. Bajada las primeras revoluciones sin tirar la toalla le ponemos paños fríos al intercambio inicial. Volvemos a la guarida gastronómica de la leyenda. Entre fogones, pasieros suyos y jugos (“esta noche nada de arranque y guaro”, dice), la grabadora se alista. Enciende, como la boca indomable de Durán.

De entrada, las trivialidades se le dan con gracia. Lo sabe y relaja. Recalca que nadie puede catalogarlo a él de hipócrita. Tal vez para justificar ese acto tan criollo de empinar el codo asume disfrutarlo a concho explica: “Me tomo mis tragos, como cualquiera. Ya viste que a veces se me pasa la mano. Es que nunca olvido a mi gallada…”.

Antes de enfrentar la revancha en suelo estadounidense ante Sugar Ray Leonard en 1980 –meses después de Montreal–, muchos tildaron el comportamiento de Mano de Piedra como frívolo y de confianza excesiva. La preparación ante el encuentro de vuelta no estuvo exenta de polémica. Se habló de comidas a deshoras. También sobrepeso de 10 kilos a punta de bifé al ajillo (su menú predilecto), fiestas, amigos y mujeres… El consomé agrio de excesos tuvo consecuencias, meses después en Nueva Orleans: una silbatina de 30 mil espectadores vieron dar la espalda a El Cholo, orillarse en una esquina y luego dirigirse al árbitro con su insólito: “No más, no más, basta de boxeo…».   

-¿Fue ese su combate más difícil?

Todos. Eran a muerte esos duelos, fulo. Pero, creo que sí. El que quizás más me afectó fue ese, la segunda batalla contra Sugar Ray, seis meses después de la paliza que le di en Canadá. Esa revancha la perdí por sinvergüenza, por no entrenar, andar en la parranda y creerme superhombre. Cuando el negro me gana, le dan la pelea contra Marvin Hagler –nadie quería enfrentarlo, yo sí– a Leonard por ser gringo. No querían que un latinoamericano obtuviera cuatro títulos mundiales. El mismo Hagler le dijo a Sugar: “Le ganaste a Durán porque él no estaba en condiciones”.

Y deja decirte una vaina, yo tumbé al man que retiró a Hagler. Nadie daba un real por mí en Panamá, por eso me largué a entrenar duro a Miami. Y mira: le gané al campeón mundial medio, Iran Barkley.

 -¿Se considera un intocable en Panamá?

No soy un rey. Si no fuera por un cubano amigo que me convenció, creo que me quedaba a vivir en Miami. Estaba muy molesto con la gente de acá. Ahora de viejo todos dicen que me quieren, adoran, que soy intocable. Voy a Estados Unidos y tengo muchísimas más oportunidades allá. No me largo porque no soy un hombre ambicioso. En Inglaterra también me idolatran más que acá.  La gente en Panamá se dio cuenta tarde quién es el verdadero Roberto Durán.

Y ese verdadero Durán ahora mira hacia su infancia, la que atesora en el corazón, pese a las carencias económicas. Ante el éxito, el barrio es lo primero, repite una y otra vez. “De El Chorrillo soy, brother. Son mis hermanos. Yo nunca los abandono. Además me gusta comer pescado y tomar pinta con mi gente”. Todavía recuerda cuando junto a sus “panitas” se cruzaban para Amador en la época que pertenecía a la Zona del Canal gringa. “Nos robábamos los mangos para luego venderlos. Había que vivir. En realidad, subsistir”.

Pese a la tosquedad en sus modos, Durán no oculta su lado vanidoso. “Cuando salió la moda de los aros yo tenía 18 años y me gustaba usarlos”. Eso sí, si algo lo cabrea es que le vinculen a esa tendencia propia de los púgiles. Durán se violenta: “¡Nunca me puse un diente de oro! Una vez Pipino Cuevas (el mexicano ex campeón mundial wélter de boxeo) me enseñó toda su boca llena de brillantes. Me dice: ‘Te pongo uno Durán’, y yo le respondo que no jodiera. Mi dentadura es natural”. En tiempos de bisturí y cosmética, revela: “No tengo nada falso en mi cuerpo, salvo un retoque que te dije, por mi peso”. Reconoce que tampoco le gustan los tatuajes, aunque no lo descarta. “Sí usé muchas joyas de oro en mi tiempo de fama. Atraía hembras pero mi fula Felicidad primero”.

Desde el entarimado dialectico lanza que hoy los boxeadores ya no son lo mismo: “Puros mercenarios y cobardes como el tal Floyd Mayweather que nomás huye como gallina preñada en el cuadrilátero. Al filipino Manny Pacquiao lo pondría de patitas en la lona de un gancho”, gatilla.

¡Fuera los seconds!

Mano a mano con el campeón

En 2006, Roberto Durán Samaniego entra en el Salón de la Fama del Boxeo de Los Ángeles. En 2007, al Salón Internacional de la Fama de Boxeo en Canastota. La cadena ESPN lo clasificó en el lugar número 6 en la lista de «Los 50 Mejores Boxeadores de la Historia», mientras que para la revista The Ring ocupa el 5° lugar de todos los tiempos.

En 120 peleas, el “Ciclón del Istmo”, como también le dicen, triunfó en 104 (79 por nocaut). Otro récord: único atleta que ha accionado en cinco décadas distintas en 33 años de carrera, además de ser el único boxeador que tiene kO en todos y cada uno de los asaltos, desde el 1ro hasta 15to, exceptuando el 9no round.

El mejor boxeador latinoamericano de todos los tiempos para muchos entendidos derribó los obstáculos que se interpusieron en su camino a la fama. Pero, en el fondo, también supo morder el polvo del fracaso. La lona.

 -A sus 60 años, ¿qué le ha enseñado la vida?

A ser buena gente. Trabajo desde los ocho años como buhonero, vendedor de periódico, de mesero. En el hotel Roosevelt puse servicios, pinté cuartos, hasta pasé trapeador. Nací para servir, no para ser maleante, a pesar de ser de El Chorrillo. Siempre he sido buena gente e hice de todo hasta antes de boxear. De todo, menos ser maricón (risas).

 -¿Algún arrepentimiento?

De nada. Nadie nace sabiendo. Seguro sería el mismo boxeador. Nadie me quita de la cabeza que hubiese sido nuevamente un ganador. Mis manos todavía siguen siendo de piedra.

 -¿Qué lo apasiona?

Te soy sincero. A esta altura podría decir barbaridades, pero soy de aficiones normales. Me gusta ver películas, jugar billar y escuchar música. Pero mira, gozo cantar y he tenido mis bandas –orquesta La Felicidad (en honor a su mujer)– y considero que no lo he hecho mal… para los cantantes que he oído, me río de ellos. Y recuerda: la música no deja plata. Pa’que voy a estar cantando ahuevasones. Al final, ese dinero lo termino chupando con los músicos. Por un autógrafo en el extranjero gano más que esa vaina.

 -¿Cómo evalúa la escena del boxeo actual?

Si bien en mis tiempos había dinero, hoy las bolsas que se echan esos bultos son bárbaras. Ya no se pelea como antes por respeto a uno mismo, la patria o por amor a la profesión. Hoy son unos mercenarios. Les da lo mismo ganar o perder mientras se llenen de billete. Lo mío era boxear por orgullo propio y darle espectáculo al público. Mira a Oscar de la Hoya: terminó su carrera temprano. Recogió millones y chao.

 -¿Y los púgiles panameños?

(Silencio). (Un segundo, dos segundos). Me da pena hablar esas cosas. Ellos están en nada.

 -¿Cuándo sintió por primera vez que debía colgar los guantes?

Me fui hasta los 50 años, tirando puño. Fue cuando me desbaraté en ese accidente automovilístico en Argentina, el 2001. Perdí ocho costillas, me reventé la boca en dos, además de fracturarme la mano. El doctor me dijo que no podía volver a pelear. Si no fuera por eso, solo tenía que arreglarme la vista, hubiese seguido boxeando.

 -En una entrevista afirmó que si el campeón filipino Manny Pacquiao se hubiese enfrentando con usted en los ochenta no tenía posibilidad de ganarle. ¿Mantiene esa opinión?

¡No hombre, ese Pacman no duraba nada conmigo! Y menos Mayweather Jr. Mira, fui a ver el combate entre Pacquio con el boricua Miguel Cotto porque Manny quería conocerme. Su mismo entrenador le dijo que si nos hubiésemos medido yo le sacaba la mierda. Y a Mayweather me lo encontré en Cancún y me dijo que yo era su ídolo, uno de los más grandes.

 -Los entendidos lo catalogan como uno de los fajadores más importantes de la historia del boxeo. ¿Buscaba más la perfección en el estilo o la pegada y directo a la lona?

A ver. Estilo es el filipino (Pacquiao) o Mayweather Jr. En mi caso, salía a pelear porque sé boxear. Yo boxeaba, me fajaba, pegaba y aguantaba. ¿Me explico? Más bien yo era un arrollador. Fajarse es un tipo que no sabe pelear y se mete en el cuerpo a cuerpo. Yo era tremendo. Nací completo: cuando tenía que boxear, lo hacía. Cuando había que fajarse, también. Aguantaba golpes como Muhammad Ali y cuando había que subir la loma –llegar hasta los 15 asaltos– sabía respirar. Hoy, ningún boxeador tiene nada de eso.

 -Una vez dijo que la virtud suya más destacada sobre el ring era la sabiduría. Que la garra y el corazón no eran suficientes para vencer…

No sirve eso de tener demasiado corazón, como suelen ser los púgiles mexicanos. Lo mío era saber pelear. Hoy esos boxeadores jovencitos le tiran un jap y se lo tragan. Por eso no aguantan nada. Yo aplicaba sabiduría, analizaba a mis rivales con inteligencia. Eso me diferenció. 

 -En perspectiva, ¿cómo evalúa la relación con su ex manager Carlos Eleta?

(Silencio). (Un segundo, dos segundos, tres segundos). Mira, pasaron muchas cosas negativas que no quiero comentar. Ese tema me incomoda. Y mucho.

 -En entrevistas Carlos Eleta señala que te descubrió arriba de una palmera sacando cocos en su patio. ¿Qué parte de tu éxito tiene que ver con él?

Te voy a decir una verdad que mantengo: Carlos Eleta se quedó con todo mi dinero. Vuelvo y te digo, fulo: no quiero hablar de esas cosas.

 -¿Y con Don King (famoso promotor de boxeo)?

Siempre mantuve buenas relaciones. Nunca tuve problemas con él. Ahora, el que hablaba en inglés y hacía los negocios con Don King era mi entrenador Carlos Eleta. No puedo hablar más de eso.

 -¿Por qué participó en política?

Para ayudar a los chorrilleros. La verdad pensé que iba a salir elegido sobrado en votos, pero los de El Chorrillo me dieron la espalda. Me hicieron chanchullo. Después de eso aprendí la lección y no me interesa la política.

Siempre tuvo buen vínculo con el general Omar Torrijos Herrera (dictador y jefe de Estado panameño entre 1968 hasta su muerte en 1981).

Era otra época. Yo nunca le pedí nada a Torrijos. Él me regaló un carro, un Volkswagen, lo recuerdo. Cuando peleaba, él me mandaba a llamar y me presentaba en todas partes, incluso me llevaba a su casa de Farallón (en Río Hato, provincia de Coclé), al cuartel… ¡Le gustaba estar conmigo! También a (Manuel) Noriega (exgobernante militar de Panamá) a quien humillé al billar.

 -¿Y ahora con el gobierno actual?

No sé de la vida del señor presidente Ricardo Martinelli. Si está haciendo bien o mal, ese no es mi problema. Sí me alegró que hace un tiempo él llegara a mi restaurante. Y cerramos bien tarde La Tasca (risas).

 -¿Cómo están las finanzas de Roberto Durán?

No estoy tan bien pero tampoco mal. (En ese momento interviene por primera vez su hijo Robin Durán, que lo acompañaba a la distancia, para sostener que “ahora está bien en lo financiero”). No soy dueño de La Tasca, hay gente que me quiere embargar o sacarme plata y los veo bien mal. Hoy me cuido, quiero hacer algo grande, propio y que venga quien venga porque estoy preparado para cualquier demanda o lo que sea.

 -¿Y la familia?

Muy contento con todos. Amo a mis hijos y a mi esposa, con la cual llevo 41 años. Hemos pasado muchos momentos bonitos y también fuertes. Ella me perdonó, yo la perdoné. Y estaremos juntos hasta que la muerte nos separe. Cumplí con educar a todos mis hijos.

 -¿Lo que viene?

Se está viendo una posible película con un tal Gael García o Edgar Ramírez y Al Pacino. También Robert De Niro. Pronto vendrá por televisión un reality show de la familia Durán, muy entretenido. También otra película, quizás un libro. Logré que Eusebio Pedroza (campeón mundial de boxeo panameño) ingrese al Salón de la Fama.

En su ocaso deportivo, Durán apareció con 183 libras –15 libras de más– por lo que fue pospuesta la pelea contra el argentino Omar González, en medio de un gran escándalo mediático, donde la Comisión de Boxeo de Panamá abogó porque incluso le quitaran su licencia de pelear en el extranjero.

 Yo lo viví

En lo personal, tengo estampado muchos de sus combates. Pero son tres clásicos, todos a 15 asaltos, “a lo varón”, los que me vuelan la cabeza. A saber. Una de las peleas más memorables en la historia, guante por guante, libra por libra; ‘The Super Fight’, como se anunciaba, y que respondió con creces al golpe de campana: la primera, en Canadá, de un Durán aguerrido, con hambre de gloria, barba tupida y la mirada de tigre que amilanó a Sugar Ray Leonard II, el 25 de noviembre de 1980.

Esa que al retorno a Panamá, ya con el cinturón en el six pack de El Cholo, tuvo a todo el país, desde el aeropuerto hasta su El Chorrillo natal, volcado a las calles en un manicomio humano que ni el Papa Juan Pablo II pudo registrar años después. “El cuadrilátero fue una guerra, pendejo”. Durán tiene razón: “Centroamérica triunfaba sobre los yanquis”, justifica. Y Panamá se desbordaba en una fiesta con su hijo pródigo.

            Tampoco olvido un peleón a lo Rocky-Apollo o Rocky-Drago. Esa previa que lo hizo resurgir con entrenamientos épicos como cuando se recluyó en una cárcel para enfrentar a los criminales más temido del país como sparring en la inexpugnable Isla de Coiba. De allí a la manera de fajarse a contra pronóstico ante ese cocobolo de aspecto asesino, cuádriceps de hierro y abdomen a prueba de granadas. Esa forma única de Durán de eludir en base a juego de cintura aquellos Tomahawk de la mole Marvin “Maravilla” Hagler que lo superaba en estatura, alcance y fortaleza brutal, en 1983.

Y menos los lagrimones contenidos que tuvo a todo Panamá contra las cuerdas en aquella triste paliza sufrida ante Thomas “La Cobra” Hearns, por el título mundial de los súper welter, en 1984.

Lo curioso es que quien escribe tuvo la fortuna de compartir aula con el hijo de Roberto Durán, llamado igual, por espacio de dos años en el Colegio La Salle (1983-1985). Sencillo y buena onda, Robertito junior, así le decían al mayor de sus herederos, era flaquito como una lombriz, alto, gentil, con chispa y muy ágil, tanto como para impresionar a muchos al break dance de la época. De puño, poco y nada, ‘pacifista’, aunque igual se defendía cuando lo provocaban.

En el curso, Robertito era el “amigo de todos”. Me tocó como a varios de mis compañeros asistir a su mansión ubicada en el barrio residencial de El Cangrejo. Allí donde su padre, el famoso deportista, se deleitaba al reposo fuera del ring con asados, piscina, bar abierto, mesas de billar, máquinas de video juegos, la fula (su esposa) y aduladores de negocios, creyéndose el cuento del cantante de salsa junto a su propia orquesta La Felicidad. Además de unas jaulas curiosas, con animales exóticos, incluyendo un tigre… algo que más tarde, el boxeador Mike Tyson, su partner en las buenas y malas, lo imitara en esa liga.

Solo puedo decir que más de alguna vez Durán padre me dijo, en esas idas a la casa de Robertito Jr., una frase que no olvido: “¡Pero que chuchi hace aquí este gringo fulo caga leche!”. Tras cartón, la carcajada tronante.

Han pasado los años. Los países y las vivencias. Por eso, voy en busca de otra gloria nacional para que me entregue más detalles de El Cholo. De esos sabrosos a la leyenda. Experiencias en terreno.

El capitalino Eusebio Pedroza, como Durán, también tiene sus pergaminos en la familia criolla boxística. Campeón del mundo de peso pluma por la Asociación Mundial de Boxeo (WBA, en inglés; o AMB), se dio un lujo del que pocos de sus colegas pueden presumir hasta hoy: defendió 19 veces su cinturón de manera exitosa. Para el panameño de reconocido bajo perfil y devoto de la fe del de Arriba, aún no olvida un momento estelar, ese de cuando era alguien en la órbita de la élite pugilística.

Pedroza lo recuerda como si fuera ayer. “Yo estuve en uno de los combates hito del boxeo en el siglo XX: Durán-Leonard, en Canadá. Presencié el entrenamiento de Sugar Ray. También vi su velocidad y confianza, la misma que le falló cuando Roberto le entró con una estrategia de golpes del tipo callejera. Fue una guerra”.

Es sábado. Media tarde. La cartelera entusiasma. “La mejor acción boxística del deporte más viril”, anuncia un presentador ataviado de frac en una gala que promete combates atractivos en la remodelada Arena Roberto Durán. Un gimnasio con capacidad para 12 mil espectadores, inaugurado en 1970 y que hoy forma parte como complejo de otro gran atleta local: la Ciudad Deportiva de Irving Saladino, ganador de la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 por salto de longitud (largo).

Diversas categorías y jóvenes prospectos al tinglado intercambian bruscos round. Buscan renombre. Notoriedad. Las butacas a un poco más de media capacidad, ofrecen la panorámica precisa para deleitarme en esta velada con otro espectáculo, uno que se vive en las tribunas entre joda, vasos plásticos con birra eyectados al cielo por cada nocaut como si fuera un gol. Entre toda esta fauna, Pedroza, que ahora en pie, no para de vociferarle instrucciones a distancia al entrenador para que despierte a su pupilo. Que deje de “soñar pajaritos preñados” en plena lona.

Eusebio Pedroza conecta labia al tema que nos convoca: “También me impresionó la pelea Durán-Thompson, en Panamá. Aquí, a diferencia de ahora, las tribunas estaban a punto de estallar. En ese ambiente enardecido, como nunca, vi la clase de manos que El Cholo le metió al australiano. Bárbaro”.

Conmocionado y con las piernas de trapo, hacen revivir al pupilo ensangrentado a lo frankenstein que salta de su esquina en la Arena. Eusebio lo compara con un Durán de joven: “En él admiré su proeza, la misma que mantuvo desde su debut a los 16 años y cuando incluso superó a nuestro gran Ismael Laguna (el ‘Tigre de Colón’, campeón mundial de peso ligero, en 1965)”.

Cierto, el mejor latinoamericano libra por libra según expertos tuvo sus momentos de agraz. Los puntos bajos. Pedroza argumenta: “Sabía que la revancha con Sugar Ray Leonard le iba a ser difícil, más allá de su falta de preparación. Durán no se llevaba con la velocidad. En el ‘No más’ le pasó lo mismo que a Rocky Marciano: el problema del pegador es que tiene que ser brillante en el amarre. Luego con Marvin Hagler y Tommy Hearns no pudo porque ellos eran altos, más corpulentos y lo sorprendieron con la pelea por fuera”.

Me doy una vuelta por las gradas. Bajo al sector de marquesina. Tropiezo con dirigentes que sudan la gota gorda atrapados en trajes pasteles y camisas estampadas con papagayos o flores que podrían confundirse con los extra de Miami Vice. Ya en primera fila, cerca del cuadrilátero, una mujer se mueve tan eléctrica como candelilla.  

La conocen como ‘María Toto’, pero su verdadero nombre es María de la Cruz Murillo. Entrenadora de boxeo sin igual, el mote de “Toto”, cuenta a la pausa, se debe a que se lo pusieron unas chiquillas en Costa Rica en la década del 70. En territorio ‘Pura Vida’ le dicen así a las voluptuosas. “Y como yo soy de Colón, tengo tremendo backside (trasero grande)”, revela sin tapujo y a la risa. Eso fue durante una competencia de voleibol femenino en unos juegos regionales. Hasta en la farándula del Chollywood local la apodan María Toto.  

Grandes campeones mundiales de boxeo panameños como Rosendo Álvarez, Víctor Córdoba, Carlos ‘El Púas’ Murillo, Luis Miguel ‘El Nica’ Concepción e incluso al mismo ‘Mano de Piedra’ Durán, pasaron por las manos de la entrenadora nacida en Calle 5. A sus 65 años y con dos hijos, ella supo de cárcel. También reconocimiento. El rostro se ilumina cuando le hablo de El Cholo. “Era un espectáculo. Pintaba para campeón: su rapidez al salto en la cuerda, entrenamiento con la pera y puñetes al saco, juego de pies, técnica al ataque, defensa en retaguardia… Cómo se fajaba en las cuerdas y chifeaba (eludir) los golpes. Los sparring le temían. Muchos boxeadores dijeron que las palizas más grandes las sufrieron ante él, papito”.   

Más adelante, estando en Las Vegas para el combate entre Durán y el campeón del mundo, William Joppy, me confiesa que le sucedió algo curioso. Ese día noquearon al ‘Ciclón del Istmo’ ya en picada de su carrera en el tercer asalto y Toto estaba brava en la esquina. Cuando en eso, de las gradas gritaban: “¡María Toto! ¡María Toto!”. Recuerda: “Yo dizque ¿quién estará jodiendo? Yo no conozco a nadie aquí. Eran panameños que estaban apoyando a Mano de Piedra en Estados Unidos. Muchos de ellos vivían en Los Ángeles. Ellos me hicieron recuperar el  ánimo, tras la triste derrota de Durán”.

Dejo atrás a la querida María Toto, no sin antes chocarle la mano. “Pero fulo, pon cara de macho malo, así, mira…”, me chotea. Subo nuevamente para ver el último combate de la jornada. La adrenalina se esfuma. El enfrentamiento dura menos que adolescente precoz en su primera.

Antes de emprender el retorno desde la Arena Roberto Durán, ya con la noche boxística al nocaut, Eusebio Pedroza reconoce el legado de su compañero de guantes. Se emociona. “En su categoría fue el más grande. Un ídolo que trascenderá generaciones y orgullo para Panamá. Se le perdona todo, es cierto. Pero mira donde estamos ahora, fulito. ¡El gimnasio más importante del país es la Arena Roberto Durán!”.