Por Luis Espinoza Garrido

El periodismo  en Antofagasta entre los años 1970 a 1973 estuvo marcado por la militancia política que se expresó a través de los medios tradicionales, como en ciertos proyectos iniciados en algunos centros productivos y organizaciones sociales en el plano de la comunicación alternativa. Era el alineamiento ineludible en un país que se dividía en dos proyectos de sociedad antagónicos: capitalismo o socialismo. Un lugar destacado lo constituyó la Carrera de Comunicación Social de la Universidad del Norte, la que desde distintas  posiciones ideológicas ardía en pasión juvenil, mayoritariamente a favor de los cambios profundos. En 1971 ingresó la tercera generación de estudiantes, entre ellos Nesko Teodorovic, era yugoeslavo, pero había nacido en Austria y habiendo llegado muy pequeño a Iquique, se sentía un genuino originario del puerto heroico. Su pasión era el teatro, un actor innato que inclusive incursionó en la dramaturgia con la obra Las Potencias. Dado a las “locuras”, me contaba que intentaba instituir un estilo nuevo, nunca antes visto y así, a veces, iba a ver a los gitanos o a los vagabundos que arribaban a la costanera. Llegó a Antofagasta y ambos no sorprendimos al vernos en la misma carrera, luego se hizo mirista y se enamoró de la Lula, nuestra profesora de Sociología II, con la cual se casó naciendo su hijo, Jovan, al que siempre tenía en los brazos. Una vez lo encuentro en un pasillo de la Norte y le cuento que iba a disertar, ya que para variar, no asistí el día fijado y la profesora me daba otra oportunidad, pero iba a ser el único y no tendría a nadie que me consultase. Cuando iba a comenzar a hablarle a las moscas, se aparece Nesko y se sienta, solo y presto a intervenir a mi favor, quién más que mi coterráneo del glorioso Iquique.

En 1972, ingresó la cuarta generación a la carrera, ahí llegó el Lucho Alaniz, a quien conocía hacía un año porque ambos militábamos en la Juventud Socialista y, entonces, él estudiaba en la sede local de la Universidad de Chile. Tampoco era de la ciudad y vivía por la Gran Vía, muy inteligente y callado, súper disciplinado y jugado a todo por la causa. La JS estaba dividida en tendencias y con el Lucho adheríamos a la misma, por lo que teníamos alta complicidad ideológica. Seguimos trabajando estrechamente, ya que fuimos promocionados al  “partido adulto”, él comenzó a funcionar en el frente interno y yo en la dirección regional. Aunque nos desenvolvíamos en medio de una situación polarizada y con fuerte incertidumbre, además, con alta responsabilidad partidaria, igual nos juntábamos grupos de jóvenes socialistas en la casa en que Lucho vivía con su primo Jaime. Entre el humo de cigarros y la infaltable cerveza, discutíamos y analizábamos, pero también reíamos y nos reafirmábamos entre muchachos y muchachas, aunque sospechábamos la cercanía del incierto desenlace de ese agitado periodo de la lucha de clases. Cuando llegó el golpe de Estado, el periodismo decente de Antofagasta sufrió grandes arremetidas, una de ellas fue el término de la libertad de prensa, pero la estocada más fuerte y artera se dirigió al centro reproductivo de una eventual oposición a la dictadura en el ámbito de las ideas, la Carrera de Comunicación Social de la Norte. Entre expulsados, detenidos y quienes no pudieron volver, la lista es larga y es encabezada por el Lucho y el Nesko, estudiantes de periodismo ejecutados cobardemente, quienes jamás le hicieron daño a persona alguna y adhirieron a una causa de la cual nunca usufructuaron y a la que entregaron su tiempo y energía sin esperar recompensa. Representantes de un periodismo distinto, de ese que une el arte de escribir a la comunidad con el compromiso material y militante con su futuro, pero, además, intentando transformarla en una sociedad más justa.